Los cristales en mi vida

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Recuerdo cuando era pequeña como los ojos se me iban detrás de los anillos de mi abuela, aquellas piedras de colores me parecían tesoros. Me gustaba estar al brazo de mi madre y jugar con su colgante entre mis dedos, hasta que me quedaba dormida. Pendientes, colgantes, pulseras… siempre me atraían los que tenían una “piedra”. Fui creciendo y pronto pude empezar a elegir para mi cumpleaños unos pendientes, una pulsera o un colgante. Los colores rosa y verde me atraían mucho, pero había una piedra morada que destacaba entre las demás. Ahora sé que se llama amatista y que siempre me acompaña, me serena, me recuerda que puedo transformar las cosas y me conecta con mi feminidad.

Al principio combinaba estas “joyas” con el color de la ropa que llevaba, hasta que fui observando que, a veces, después de ponerme unos pendientes, sentía la necesidad de quitármelos y ponerme otros. O llevaba un anillo cómodamente durante un tiempo y de pronto sentía que me ahogaba. Con el paso de los años establecí una relación entre mi estado de ánimo y la atracción de una determinada gema. Granate, malaquita, amatista, cuarzo rosa, jade, cornalina, ónix, ámbar… Todavía hoy disfruto visitando tiendas de minerales. Simplemente paseo, miro, siento… Salgo de allí renovada, como si pudiera respirar mejor. Cuando comencé con el yoga y estudié el campo energético humano, los chakras, la vibración del color y la relación con el Todo, comprendí que aquellas piedras de color que adornaban mis pendientes, anillos y colgantes, eran verdaderamente mágicas pues contenían una información genética de la Tierra. Su color emite una determinada vibración que se comunica con nuestro campo energético más sutil.

Y así es como empecé a interesarme por sus cualidades. Me sentía tan bien cuando meditaba con mis cristales, jugando a dejarme sentir para escoger el cristal que mi Ser necesitaba en cada momento, que decidí compartirlo con mis conocidos. Empecé a hacer malas para mis compañeros de yoga y pulseras para la familia. Curiosamente cada uno escogía, de forma totalmente instintiva, el cristal que más necesitaba en ese momento. A veces me encuentro con personas que llevan una de mis pulseras. Puedo reconocerlas porque son únicas, y sonrío porque sé que quien la lleva ha establecido una relación especial con ella. Una pequeña parte de mí también está en la pulsera. Lo que empezó como un juego se ha convertido en un bonito proyecto lleno de calor interior. Espero que puedas sentir su vibración como yo lo hago.